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SHAFAQNA-islamoriente Lo que sigue es una parte del artículo por Por Sheij Husein Abd al-Fattâh García que ha sido seleccionado por shafaqna.

Mulla Sadra Al-Din Shirazi, nacido en Shiraz en el año 979 H.q./1571-2 y muerto en Basra durante el retorno de su peregrinación a La Meca en el 1050 H.q./1640-1641, fue casi coetáneo de Francisco Suárez [Granada 1548-Lisboa 1617], y como éste ya en su tiempo fue reconocido como cumbre de la Teología escolástica y de la Filosofía de la Fe. Sadra, como de alguna manera hiciera en el campo cristiano Suárez, constituyó un cuerpo doctrinal independiente ya que, ambos superaron los libros metafísicos aristotelianos, y ambos se abrieron a un rico y personal proceso vital más allá del pensamiento, superando intelectualmente los parámetros dogmáticos escolásticos de sus respectivas academias. Nuestro filósofo conformó un sistema de pensamiento irrepetible, a la vez fiel a su tradición e innovador ante los estímulos que hasta su momento la gran Filosofía había puesto sobre el tapete de los debates metafísicos.

No deja de ser interesante que en bastantes aspectos ambas personalidades coincidan en algunos de sus logros metafísicos; el musulmán fue un templado pero fiel continuador de la tradición doctrinal islámica, y el cristiano, en lo que Abellán llamara su ‘valiente eclecticismo’, en tanto en cuanto se benefició de las lecturas del orientalizante Alejandro de Hale –Alejandro Bonini el Alejandrino-, especialmente en sus disputaciones en torno al debate sobre la conceptualización del Ser trascendente, lecturas que bien pudieron ser una potencial correa de trasmisión, si acaso sugerente, del jesuita con las preocupaciones del campo filosófico musulmán a partir de los textos avicenianos e iluministas, que Mulla Sadra completaría definitivamente para el pensamiento metafísico general.

Sadra Al-Din Shirazi marcó un antes y un después definitivo en el pensamiento creyente mundial, especialmente en el ámbito de la Ontología, puesto que tuvo el acierto de establecer una personal y vigorosa síntesis filosófica a partir de las diferentes tendencias o sistemas que fueron conformando el mejor pensamiento de la Antigüedad clásica, Oriente y el Islam; recapitulación resolutoria y esclarecedora de las dudas y cuestiones entonces pendientes en torno a los argumentos trascendentales del pensamiento metafísico.

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Comenzando en sus comentarios a la parte metafísica del “Al-Shifa” aviceniano, hasta su definitivo y cenital “Al-Asfar Al-Arba`a”, elaboró una suma filosófica que ha expuesto, de manera casi incontrovertible y con argumentos prácticamente definitivos, las más importantes cuestiones intelectuales que han ocupado a los grandes contemplativos y pensadores espiritualistas de todos los tiempos, ritos y tradiciones.

Fue y es el pensador representativo de lo que ha venido a llamarse Escuela de Isfahán, que no es otra cosa que la expresión erudita de uno de los más interesantes momentos intelectuales y académicos de la Hauza duodecimana. Discípulo del irrepetible Sheij Bahaí -místico, erudito, arquitecto, educador, recopilador y comentador inspirado de la Tradición-, y del Gran Mir Damad, continuador de la estela ideológica de Suhrawardi, en la consideración de la Filosofía como una forma, excelsa y plena, de realización espiritual. Mulla Sadra legó en sus obras la concepción, nítidamente expuesta y reflexionada, de que para el intelecto humano -a`ql- uno de los espacios más atractivos del ser existente, la reflexión filosófica, es el mejor y más eficaz medio de percepción de la Verdad inmanente, un beneficio irrenunciable y un deber ineludible al que convoca la propia Revelación, cuando reta a los dotados de intelecto a la meditación, apertura y elevación.

Desde su prominencia intelectual, por supuesto y no obstante, desde su profunda piedad dejó una valiosa e insustituible referencia a la forma y medio del auténtico talanto de discernimiento espiritual, una singular constancia de humildad, cuando nos relata que aquello que él llamó su inspiración o plectro, ‘le fue concedida al elevarse el Sol la mañana del viernes 7 de Yumada Al-Aual del año 1037 [14 de enero de 1628]’. Quizá esta breve anotación en el margen de uno de sus escritos en torno al libro que presentamos sea su mayor legado, puesto que tras una fecunda y compleja vida de talabés, de filósofo, de perseguido, de creyente sincero, portador para el acervo humano de una impresionante edificación intelectual, armonizadora y sobreelevadora de los grandes debates metafísicos, mostró sin asomo de soberbia que todos sus logros filosóficos, frutos de sinsabores, dificultades y un gran esfuerzo de estudioso, tenían por único origen una acto de bondad divina, puesto que él mismo había sido iluminado, tal vez compensado en sus esfuerzos, de manera graciosa y bendita mientras se encontraba orando y en súplica en el entonces modesto y recoleto santuario de Hadrat Ma`sumah (P) en Qom, la ciudad que es el Harâm o santuario intemporal y venerable de los Inmaculados Imames (P).

Como hemos apuntado, ya en sus comentarios marginales a Avicena asentó lo que serían las líneas maestras y esenciales de su definitiva ordenación de los conceptos metafísicos. Así como retomó la exposición espiritualista donde la dejara el Sheij Ishraq, ya que apoyado en lo más sobresaliente de los conceptos suhravardianos abordó sus ya célebres Cuatro Viajes del Espíritu, en los que realizaría una verdadera revolución en la metafísica del Ser, superando la tradicional metafísica de las esencias por la concluyente metafísica del existir, esto es, concediendo prioridad en origen, y no solamente en el plano argumental, a la Existencia sobre su propia quiddidad. Tenga presente el lector que ya en la Filosofía islámica, a partir de Avicena se asentó la tesis de una idea de “existencia” como representación mental evidente, con lo que ésta tiene de avance para el pensamiento abstracto. Mulla Sadra llevaría con acierto y intrepidez discursiva esta idea a su categórica y rotunda consecuencia final, siempre en armonía con el firmamento finalista causal de cualquier pensador creyente, pero cerrando el paso a las limitaciones del debate racionalista, aportando con consistencia intelectiva los elementos espirituales que sólo se pueden hallar en la proximidad y tradición de los Infalibles de la estirpe muhammadiana.

En contraposición a lo que ocurriría en el estado neto -material- de la realidad concreta de la Existencia, sí sería factible una demostración nocional racional para ella, en su plano esencial y sutil. A partir de la demostración de que esa noción de existencia es tan evidente que está simplemente sobrada de cualquier tipo de definición, para Mulla Sadra, como para la tradición que le antecede y sucede, el conocimiento presencial y el representativo no son más que dos respectos diferentes en la aprehensión de una Única realidad, la cual se refleja en el espejo de nuestras mentes. No obstante, es importante que comprendamos la diferencia entre la realidad de las imágenes reflejadas y la superficie reflectante, así como la atención-consideración a que ambas, unidas y separadamente, nos provocan. El pensamiento mollasadriano bascula, finalmente, entre los ámbitos contrapuestos y delimitadores de la humana capacidad de comprensión: la evidencia y lo oculto a la mente, pero no al corazón sentiente.

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Como argumentara en su poema nemotécnico Mulla Hadi Sabzevari:

Su idea es de entre todas las cosas la más conocida Y su realidad concreta está en los límites de lo que es recóndito.

La tesis mollasadriana, sencilla y meridiana, enfrentada a la vieja improcedencia de explicar un mundo de esencias inmutables se habría de contraponer al maduro sistema con un cosmos argumental en el cual cada esencia se determina y varía -perceptiva y perceptiblemente- en función de la intensidad de su propio y mero acto de existir, que no es otra cosa, que la penetración identitaria de la propia realidad del existenciado, siempre vinculado a un origen necesario y gracioso.

La aportación de Mulla Sadra, esencialmente, consistiría, pues, en trasladar el trabajo intelectual y teórico del pensamiento filosófico anterior, al plano de la práctica vivencial de y en todos los tiempos, lo cual hasta su época era labor más propia del ámbito exclusivo de los espiritualistas y místicos, capaces de ofrecer un modelo vital atractivo al pensador sentiente.

Con su obra, el creyente, especialmente el filósofo puro o aquél que se deja guiar por éste, conquista una dimensión existencial en concordancia con su inclinación. Lo que en síntesis es el objetivo de toda instrucción por parte del individuo religioso, esto es: el develamiento de un código de comportamiento ponderado por el pensamiento inspirado, y coherente con sus argumentos, e inherente siempre a la esencia humana, además de capaz de permitir al individuo practicante comportarse en un medio o itinerario vital armónico con los objetivos esenciales trascendentales.

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