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SHAFAQNA – lavozdegalicia : Un grupo de turistas disfruta de un tradicional desayuno turco con vistas al lago Uzungol, al noroeste de Turquía. Las mujeres levantan el niqab antes de dar un bocado. Una de las más jóvenes del grupo se atreve a abrirlo para comer con mayor soltura, pero se cubre la cara como puede con la taza de té. No es una estampa habitual en Turquía, donde incluso las mujeres musulmanas más conservadoras optan por velos considerados menos restrictivos, como el hiyab o la shayla.

La política cada vez más conservadora también ha convertido al país en el principal destino de vacaciones de cientos de miles de musulmanes llegados de Arabia Saudí, Catar y Emiratos Árabes. Según Yunus Ete, principal responsable de la cumbre de turismo halal, en 2017 el sector creció un 20 %, situando a Turquía como tercer destino favorito entre los turistas más conservadores. Las expectativas son que el turismo halal en todo el mundo -incluyendo España- genere un volumen de 300 mil millones de dólares en 2023.

La provincia de Trabzon, de la que procede la familia del presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, es el destino más elegido entre los turistas musulmanes. Sus montañas verdes y el clima suave y lluvioso, que recuerdan a Galicia, son el contraste perfecto para los casi 50 grados que alcanzan en la península arábiga. Además de naturaleza, Trabzon ofrece también opciones culturales y de aventura. Senderismo, rafting, y hasta monumentos históricos como el maravilloso monasterio ortodoxo de Sumela. Enclavado en una montaña desde el año 386 a.deC. es uno de los monasterios más antiguos e impresionantes del mundo.

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Y todo en un país en el que se sienten como en casa. No en vano, el año pasado ocho ciudades saudíes abrieron vuelos directos al aeropuerto de Trabzon. Emiratos, Bahrein y Kuwait también cuentan con varias conexiones.

Un paseo por cualquiera de sus pueblos o puntos de interés no hace más que apoyar los datos. La mayoría de los carteles y menús están escritos en árabe, y resulta complicado encontrar

bares o sitios donde vendan alcohol. Antes del bum del turismo árabe, la región luchaba contra la migración masiva de sus habitantes a las grandes urbes como Estambul, Ankara e Izmir, sobreviviendo a base del cultivo de té -Turquía es el país que más té consume en el mundo- y las plantaciones de avellanas. La llegada de los turistas musulmanes ha supuesto una inyección de capital sin precedentes en la economía local.

La mayoría llega en grandes grupos familiares y gastan dinero en alquiler de coches, alojamiento, tours y restauración. El gobierno central también está invirtiendo fuerte en la región, mejorando las carreteras y otras infraestructuras de comunicación. Pero existe también la cara menos positiva del crecimiento turístico de la zona. El interés de algunos árabes por comprar una segunda vivienda en la costa del mar Negro ha causado que el precio por metro cuadrado se dispare fuera del alcance de los locales. Muchos se muestran descontentos con la nueva situación, especialmente los que no se dedican al sector.

Este nuevo perfil de turista se empieza a ver también reflejado en algunas zonas como la costa mediterránea. En Antalya, al sur del país, docenas de hoteles cuelgan el cartel de completo gracias a los a turistas conservadores que no quieren renunciar a unas vacaciones en la playa. En especial familias musulmanas que llegan de países europeos como Francia, donde el burkini no está permitido. Los hoteles les ofrecen piscinas y beach clubs para hombres y mujeres por separado, alfombras para rezar en cada habitación, buffets halal y por supuesto ni gota de alcohol. «Aquí siento que pertenezco», dice una turista.

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