La necesidad del mutuo conocimiento

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SHAFAQNA –

«Y os dispusimos como pueblos y clanes para que os reconozcáis».

[S. Corán; 49: 13]

Llegó el Islam mientras los pueblos estaban dispersos y se desconocían entre sí e incluso se encontraban en estado de hostilidad y enfrentamiento, pero rápidamente el conocimiento mutuo tomó el lugar del desconocimiento, la cooperación el lugar de la hostilidad y la comunicación el lugar de la disensión, todo ello por la gracia de las enseñanzas monoteístas del Islam. De esa manera el resultado fue que se manifestó en la existencia esa comunidad única y grande que ha provisto ese gran legado cultural. Asimismo libró a sus pueblos de todo arbitrario y opresor, y se convirtió en esa comunidad ponderada entre los pueblos del mundo y esa masa respetada ante los ojos de los tiranos y opulentos.

Todo ello no se hubiese materializado si no hubiese sido por su unidad y la comunicación entre sus pueblos que tuvo lugar bajo la sombra del Islam a pesar de la diversidad de sus géneros, la diferencia de interpretaciones, la variedad de culturas y los diferentes usos y costumbres. Así vemos que fue suficiente la concordancia en los principios y fundamentos y en los preceptos y obligaciones; es así que la unidad es fuerza y la división es debilidad.

Las cosas siguieron de esta manera hasta que el mutuo conocimiento se transformó en desconocimiento del otro, el entendimiento en aversión y los diferentes grupos se consideraron incrédulos entre sí. Las divisiones se incrementaron y se esfumó la grandeza, el poderío cayó en ruinas, se desvaneció su estima y los tiranos menospreciaron a esta comunidad pionera y líder hasta que rondaron en sus dominios los zorros y los lobos, comenzando a acechar sus regiones los elementos foráneos, los maldecidos por Dios y aquellos sobre quienes recae la ira de la humanidad. Es así que sus riquezas fueron expoliadas, sus sagradas creencias avasalladas, pasando a depender su honor de la misericordia de los corruptos. Tuvieron caída tras caída, derrota tras derrota, y fueron objeto de menoscabo, antiguamente en Al Andaluz, en Bujara, en Samarcanda, en Tashkent y Bagdad, y más recientemente en Palestina y Afganistán.

He ahí que esta comunidad suplica pero su súplica no le es respondida, pide ayuda a Dios y no la recibe, y cómo podría ser de otra manera, desde que el remedio pasa por otro lado; y, como reza el hadîz: “Dios no quiere que los asuntos sucedan sino a través de sus causas.” Los asuntos de esta comunidad no se corregirán sino como lo han hecho en su comienzo.

Hoy en día, cuando la comunidad islámica se ve expuesta a las más aberrantes invasiones contra su soberanía y creencias y los más desagradables ataques contra su unidad mediante la implementación de conflictos en su vida espiritual o religiosa y académica y por poco este ataque llega a dar sus frutos y a brindar sus resultados ¿acaso no sería más adecuado para ella fortalecer sus filas y afianzar sus relaciones, las cuales, a pesar de su diversidad escolástica, tienen en común como fuente al Libro Sagrado y a la Tradición, así como a las creencias en la Unicidad, la Profecía, el Más Allá, y como preceptos a la oración, el ayuno, la peregrinación, el zakât, el yihâd y lo permitido y lo lícito, así como el amor por el puro Profeta (s.a.w.) y su familia, y el desentenderse de sus enemigos, si bien puede haber divergencias en la intensidad de esto último, siendo como los dedos de una única mano que convergen en una única articulación a pesar de diferenciarse un poco en el ancho, largo y forma; o como un cuerpo único que por un lado se compone de una variedad de miembros y por otro lado estos mismos operan entre sí para la eficiencia del rol corporal en su estructura humana, a pesar de tener formas diferentes.

No es descabellado pensar que la sapiencia encerrada en asemejar a la comunidad islámica a veces con una única mano y otras veces como un único cuerpo sea indicar esta realidad.

En el pasado los sabios de las diferentes escuelas y tendencias islámicas convivían uno junto al otro sin discusiones ni peleas, incluso cuántas veces cooperaron entre sí de manera que algunos explicaban a otro algún libro de teología o jurisprudencia; algunos fueron alumnos unos de otros; unos exaltaron a otros y algunos aprobaban la opinión de otros. Algunos autorizaban a otros a transmitir de ellos, otros pedían autorización para transmitir las narraciones de los libros de la escuela y tendencia de otros. Algunos rezaban junto a otros aceptando ser conducidos en el rezo, daban el zakât o diezmo al otro, consideraron puros a otros, y alguno incluso llegó a reconocer la escuela del otro. A nivel de las masas estas diferentes tendencias convivían unas junto a otras con amor y armonía hasta llegar a parecer que no hubiera ninguna diferencia entre las mismas y si bien en medio de todo ello se encontraba la crítica y la respuesta, mayormente era una crítica respetuosa y educada y una respuesta académica y objetiva.

Hay muchos vivos e históricos indicios de esta profunda y extensa cooperación de manera que los sabios musulmanes enriquecieron el legado y la cultura islámica, así como dieron el más elevado ejemplo en lo que concierne a la libertad religiosa, ello sumado al hecho de que a través de esa cooperación atrajeron la atención del resto del orbe hacia ellos y lograron su respeto.

No es difícil que los sabios de la comunidad se reúnan y discutan en forma amena y objetiva, con sinceridad y buena intención, aquello en lo que discrepan las diferentes tendencias, y que conozcan los argumentos de cada escuela y las pruebas que presentan para ello.

Asimismo sería muy adecuado y lógico que cada tendencia y grupo se dispusiera a exponer su creencia y sus puntos de vista ideológicos y de jurisprudencia en una atmósfera de libertad y claridad, de manera que quedaran en claro la falsedad de las acusaciones y sospechas que se difunden en su contra y de manera que todos conocieran cuáles son los puntos en común y los de divergencia y supieran que aquello que une a los musulmanes es mayor que aquello que los divide, y de esa forma se derretiría el hielo entre ellos.

Este tratado conforma un paso en ese sentido de manera que la realidad quede en claro y la conozcan todos tal cual es.

Y Dios es el que otorga el éxito.

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