“Los Documentos Musulmanes Que Todos Deben Conocer”

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SHAFAQNA – En el Nombre de Dios, el Más Compasivo, el Más Misericordioso. Alabado sea Dios, el Señor de los Mundos. La paz sea con los profetas y los mensajeros de Dios, Abraham, Moisés, Jesús, Muhammad y la paz sea con todos ustedes así como la misericordia de Dios y sus bendiciones. Les doy la bienvenida sin reservas a esta conferencia sobre “Los Documentos Musulmanes que Todos Deben Conocer”.

 

¿Cuáles son ellos? ¿Mein Kampf” de Adolf Hitler? ¿Los Protocolos de los Sabios de Sion”?  ¿El judío Internacional” de Henry Ford? ¿Unirse a la Caravana” de Abdullah Azzam? ¿O “El Manual de Al Qaedah”?  No, no. Nada que ver. Estaríamos tan errados como si afirmásemos que los musulmanes carecen de humor negro. ¿Qué esperaban? ¡Los musulmanes somos fenomenales!

¿Cuál es el libro más importante en el Islam? ¿Las mil y Una Noches”? ¿El Jardín Perfumado” del Sheij Muhammad al-Nafzawi? ¿Las Fuentes del Placer” de Harun al-Makhzumi? No. Lo es el Corán: el Glorioso Corán. ¿Y qué va unido al Corán? ¿El terrorismo? No… posiblemente estoy viendo demasiado Fox News. O capaz que leo demasiados tweets del Presidente Trump. Astaghfirullah (Perdóname Dios). No, la segunda fuente más importante en el Islam es la Sunnah: las enseñanzas, tradiciones, dichos y acciones de Muhammad, el Mensajero de Allah. Y en la Sunnah encontramos algunas joyas deslumbrantes: la Constitución de Medina y los Pactos del Profeta (la paz y las bendiciones sean con él).

 

Comencemos entonces con el Corán, al que los musulmanes consideramos Palabra de Dios. El Corán es un libro. Su texto, por sí solo, es inerte. Pueden orar todo el día y esperar toda la vida, pero el Corán no va a hablar con ustedes. Un texto solo cobra vida cuando nos comprometemos con el mismo: a través de la lectura, la reflexión y la meditación sobre lo leído, interpretándolo. Solo cobra vida cuando ponemos sus enseñanzas en práctica. Aunque es importante leer el Corán, es aún más importante entender cómo leerlo.

 

Hay que leerlo con la mente, corazón y espíritu abiertos. Absorber lo que se pueda en la primer lectura. Estar seguro que se comprende todo el vocabulario y la terminología. A menos que lean el Corán en árabe, consideren leer y comparar muchas de sus traducciones porque cada una representa una interpretación. Transmiten diferentes matices de significado. En el pasado, esto requería comparar media docena de traducciones. Hoy día, por suerte, se puede comparar fácilmente más de una docena de traducciones en inglés, por no mencionar muchos otros idiomas, utilizando Quran.Com; SearchQuran.Com; el Qur’an Search de Islamicity y otros sitios.

Para entender un texto también debe entenderse el contexto: el tiempo y el lugar en que transcurre lo relatado/informado. Aquí es donde entran en juego la sirah, la biografía y la sunnah. También es necesario un entendimiento más amplio de la historia de Oriente Medio, la cultura y la religión. A menos que estén familiarizados con la tradición judeo-cristiana más amplia, tendrán el desafío de entender todas las alusiones y referencias encontradas en el Corán. Ese esfuerzo les dará sus frutos. En otras palabras, lo que deriven del texto será lo que aporten al entendimiento de su contexto y alusiones. Cuanto más sea lo que aprendan y a lo que se hace referencia, más amplia y más profunda será la comprensión del texto.

 

Después de leer el Corán docenas y docenas de veces, es valioso consultar comentarios sobre el mismo. Sabemos que los trabajos de exégesis son de diversos tipos. Hay comentarios coránicos que se centran en el lenguaje y la lingüística. Algunos son de naturaleza teológica o legal o política. Otros son de naturaleza espiritual.

 

Comiencen con los comentarios del Corán clásicos. En lo que hace a los sunnitas, tienen los comentarios de Tabari, Suyuti y Mahalli, Ibn ‘Abbas, Ibn ‘Ajibah, Ibn Juzayy, Wahidi, Baydawi, Nasafi, Razi, Tustari, Kashani, Qushayri y Sabuni, entre otros. En lo que hace a los shiitas, tienen los de Tusi, Qummi, Tabarsi, Ayashi, Kufi, Bahrani, Tabatabai, Amuli y Makarem Shirazi, entre otros.

Deben entender que el Corán tiene siete, setenta o setecientos niveles de entendimientos o sentidos, tanto interiores como exteriores. Deben comprender que el Corán es literal y alegórico. Que los comentarios coránicos transmiten opiniones y nunca deben aceptarse de manera ciega, acrítica e incondicional. Esas exégesis representan un esfuerzo intelectual personal para comprender el texto sagrado. No son vinculantes para los creyentes. Nadie está obligado a aceptar una interpretación como si se tratara de la revelación divina. Según el Islam sunnita y shiita, el mas’um o infalible es el Profeta Muhammad, no los comentaristas y eruditos coránicos.

 

Hay que entender que el Islam representa un espectro en cuyo centro se ubica el Islam sunnita y sus principales escuelas jurídicas junto al Islam Duodecimano y su principal escuela jurídica. Adhiéranse al centro tanto como les sea posible. Sean moderados. Eviten los extremos. Manténganse alejados de los grupos marginales. Esto se aplica en materia de espiritualidad, teología y jurisprudencia. Colóquense lo más posible en el sendero recto en tanto valoran las cosas correctas que puedan encontrar en la periferia del Islam e incluso en su exterior. A partir de permanecer firmes en el centro del espectro, se pueden analizar y estudiar cuestiones marginales.

 

Manténgase alejados de quien diga tener la verdad y ser su único dueño. Aléjense de cualquier literalista o fundamentalista que afirma que hay una sola interpretación del Corán, la Sunnah y el Islam. Huyan de los ostentosos impostores que creen que conocen el Corán mejor que nadie. Pónganse a buen resguardo de los extremistas arrogantes que creen que nadie más que ellos tienen razón y que cualquiera que discrepe con ellos es incrédulo. Como Obi-Wan Kenobi ha dicho, “solo un Sith habla de términos absolutos”.

Ahora que ya tenemos una idea general de cómo enfocar el Corán, examinemos algunas de sus más importantes enseñanzas acerca de la actitud del musulmán hacia los demás. Dios Todopoderoso reveló en el Corán:

 

Los creyentes, los judíos, los cristianos, los sabeos, quienes crean en Dios y en el Último Día y obren bien, esos tendrán su recompensa junto a su Señor. Nada tendrán que temer ni se afligirán (2:62).  

 

El versículo en cuestión es claro. Establece que, en última instancia, todos los monoteístas que hacen actos virtuosos alcanzarán la salvación. Esto es confirmado por varias tradiciones del Profeta. De hecho, es una creencia fundamental de los sunnitas. Como dijo Ghazali: “el creyente debe dar crédito a que finalmente todos los monoteístas salen del infierno. Nadie que cree en la Unidad de Dios morará eternamente en el fuego”. Dios Todopoderoso aclara en el Corán:

 

…. A cada uno os hemos dado una norma y una vía. Dios, si hubiera querido, habría hecho de vosotros una sola comunidad, pero quería probaros en lo que os dio. (Los ha hecho como son). ¡Rivalizad en buenas obras! Todos volveréis a Dios. Ya os informará Él de aquello en que discrepabais (5:48).

 

Nosotros, los creyentes en Dios Uno, seamos judíos, samaritanos, cristianos, musulmanes, sabeos, zoroastrianos, brahmanes o monoteístas miembros de pueblos nativos, tenemos diferencias teológicas. Algo importante, pero no dramaticemos y superémoslas. Dios Todopoderoso manifiesta explícitamente que se opone a la uniformidad. El Creador propugna la unidad en la diversidad. Antes que pelear por mezquinas diferencias religiosas, Dios nos reta a “rivalizar en buenas obras” (5:48). Dios Todopoderoso explica una vez más:

 

¡Oh humanidad! Os hemos creado de un varón y de una hembra y hemos hecho de vosotros pueblos y tribus, para que conozcáis unos a otros. Para Dios, el más noble de entre vosotros es el que más Le teme. Dios es omnisciente, está bien informado (49:13).

 

Las diferencias nos enriquecen en tanto que la homogeneidad o semejanza nos llega a aburrir. Más que centrarnos en los desacuerdos, Dios Todopoderoso nos pide que nos concentremos en las áreas de coincidencias:

 

Di: “Creemos en Dios y en lo que se nos ha revelado, en lo que se ha revelado a Abraham, Ismael, Isaac, Jacob y sus descendientes. En lo que Moisés, Jesús y los profetas han recibido de su Señor. No hacemos distinción entre ninguno de ellos y nos sometemos a Él (3:84).

En otras palabras, Dios nos pide buscar un fundamento común con la Gente del Libro:

 

Di: “¡Gente del Libro! Convengamos en una fórmula aceptable a nosotros y a vosotros, según la cual no serviremos sino a Dios, no Le asociaremos nada y no tomaremos a nadie de entre nosotros como Señor fuera de Dios”… (3:64)

 

Aunque hay poco en común entre monoteístas, politeístas y ateos en materia teológica, hay áreas de acuerdo en lo que hace a la ética y a la moral. Por lo tanto, Dios anima a los musulmanes a adoptar una actitud tolerante hacia quienes no comparten sus creencias. Dice Dios Todopoderoso en el Corán: “Vosotros tenéis vuestra religión y yo la mía” (109:6). En cuanto al Islam se refiere, nadie tiene el monopolio de la verdad. Debemos respetar los elementos de verdad en las diferentes tradiciones religiosas, filosóficas, socio-políticas y económicas.

 

No cabe ninguna duda de que hay versículos coránicos más severos al hablar de la Gente del Libro. Sin embargo, deben ser correctamente interpretados y puestos en contexto. Entre los extremistas hay una tendencia errónea e injusta de aplicar a los cristianos e incluso a los musulmanes los versículos revelados con respecto a los incrédulos beligerantes y politeístas. El término mushkrikin o politeístas, como se utiliza en el Corán, se aplica a los politeístas árabes paganos y adoradores de ídolos. De ninguna manera se puede aplicar a los cristianos monoteístas ni a los musulmanes sunnitas, sufíes o shiitas, como un pretexto para perseguirlos y acabar con ellos.

La Sunnah ―las enseñanzas y las acciones del Profeta Muhammad (la paz y las bendiciones sean con él)― se encuentra en un segundo lugar de importancia, luego del Corán. Según este, el Profeta ―Allah lo bendiga y conceda paz― consultaba con la comunidad de Medina. Se reunía con los líderes tribales y de las distintas religiones. Deliberaba con ellos. Luego, bajo su liderazgo pero en colaboración con los no musulmanes, elaboró y promulgó el Pacto de Medina, la primera constitución en la historia de la humanidad que proveyó igualdad entre los seres humanos, independientemente de las diferencias religiosas, tribales, raciales y de género o clase social. Dice ese Pacto: “Son una comunidad [o ummah]” y “las condiciones deben ser justas y equitativas para todos”. Politeístas, judíos y musulmanes debían contribuir de igual manera a la defensa de la comunidad (ummah).

 

Los derechos religiosos de la Gente del Libro estaban protegidos, cosa que se proclama: “Judíos y musulmanes tienen, cada uno, su religión”. “Al judío que nos acompaña le corresponde la ayuda y el trato igualitario” y “No será perjudicado ni se ayudará a sus enemigos”. Incluso los musulmanes estaban obligados a proteger y defender a los aliados de los judíos: “Los amigos cercanos de los judíos son como ellos mismo”. A los enemigos de laummah ―es decir, los paganos de Quraish, que perseguían a los musulmanes y no musulmanes que seguían al Profeta― no debía dárseles ningún tipo de protección. Todos los miembros de la comunidad (ummah) “están obligados a hacer la paz y mantenerla”. Sin embargo, en el caso de que fuesen atacados por enemigos de ambos, era necesario que se uniesen en la defensa de la comunidad.

El Pacto de Medina estableció el estado de derecho en un pueblo sin ley: “Si surge cualquier diferencia….. debe ser referida a Allah y a Muhammad”. Las enseñanzas de la Torah, el Evangelio y el Corán, se convirtieron en la ley de la tierra, rigiendo sus respectivas comunidades. El Profeta iba a supervisar su aplicación imparcial. Él era el árbitro final.

 

La palabra del Profeta Muhammad continuó propagándose a las cuatro esquinas del mundo. Una delegación de monjes del Monasterio de Santa Catalina visitó al Profeta en Medina en el segundo año de la Hégira y le recordaron su promesa de protección.

 

Allí, en su mezquita en Medina, el Profeta ―la paz y las bendiciones sean con él― dictó a ‘Ali el ‘ahd al-nabi, el ‘ahd nabawi, el ashtinameh (elPacto del Profeta Muhammad con los Monjes del Monte Sinaí), los cuales garantizaban la libertad de religión, la protección de los establecimientos religiosos, la exención de impuestos a los sacerdotes, monjes y monjas y la prohibición de las conversiones forzadas.

 

El Mensajero de Allah ―lo bendiga Allah y le conceda paz― proporcionó la misma protección a la Gente del Libro en todo el Gran Oriente Medio. Protegió a los cristianos de Najran, Aylah, Egipto, Siria, Persia, Armenia y el mundo. Protegió a los samaritanos en Palestina. Protegió a los judíos de Yemen y Maqnah. También protegió a los zoroastrianos.

 

Resulta indiscutible que la documentación que hace a los Pactos del Profeta Muhammad con la Gente del Libro es auténtica. Los Pactos se transmitieron permanentemente desde el siglo VII hasta la actualidad. Centenares de autoridades académicas han concluido que son genuinos. Más aún, fueron tratados como auténticos y con carácter de ley por Abu Bakr, Omar, ‘Uthman, ‘Ali, los fatimíes, los ayyubíes, los otomanos, los safávidas, etc. ¿Qué dicen estos documentos? Puesto que son muy largos, veamos lo esencial de ellos por medio de citas claves, en consideración de la claridad y la síntesis.

 

El Tratado de Najran, que aparece en el Tafsir de Muqatil ibn Sulayman al-Balkhi († 767 C.), en el Kitab al-kharaj de Abu Yusuf (738-798 C.), en elKitab al-Siyar de Muhammad ibn al-Hasan al-Shaybani († 805 C.), en el Tabaqat de Ibn Sa’d (845 C.) y en el Kitab al-Amwal de Ibn Zanjawayh († 865 C.), dice: “No se permite remover a un obispo de su obispado, a un monje de su vida monástica o a un sacerdote de su vocación sacerdotal”.

 

El Pacto del Profeta Muhammad con los cristianos de Najran, cuyo original se encontró en la “Casa del Saber” en 878/879 C. y se lo conoce enChronicle of Seert en el siglo IX, dice:

 

No se permite remover a un obispo de su obispado, a un monje de su vida monástica o a un anacoreta de su vocación de ermitaño. Tampoco está permitido destruir cualquier parte de sus iglesias, tomar parte de sus edificios para construir mezquitas o casas de musulmanes

 

Leemos en el Tratado de Najran, citado en el Kitab Futuh al-Buldan de Baladhuri († 892 C.): “Ningún obispo será expulsado de su Obispado, ningún monje de su monasterio y ningún ermitaño de su ermita” (edición on line). El Tratado de Najran registrado por Ibn Qayyim antes de 1350 C., es muy similar a la versión publicada por Ibn Sa’d en el siglo IX. Allí dice: “ningún obispo será expulsado de su Obispado, ningún monje de su monasterio y ningún sacerdote de su vocación sacerdotal. Sus derechos se mantendrán inalterables”.

En el Pacto del Profeta Muhammad con los monjes del Monte Sinaí, depositado en el Tesoro Otomano en 1517 C., podemos leer:

 

Un obispo no será removido de su obispado, ni un monje de su monasterio, ni un ermitaño de su torre, ni se dificultará a un peregrino su peregrinación. Además, no será destruida ninguna iglesia o capilla, ni lo que es propiedad de las iglesias será usado para edificar mezquitas o casas para los musulmanes.

 

Nos encontramos con las mismas protecciones en el Pacto del Profeta Muhammad con los Cristianos del Mundo registrado en 1538 C. y en el Pacto del Profeta Muhammad con los Cristianos del Mundo que fue impreso en 1630 C. Aunque hoy día no se cuenta con la versión árabe del Pacto del Profeta Muhammad con los Cristianos de Persia, se sabe de su existencia. Este contiene una cláusula muy similar:

 

No se interferirá en sus actividades de construcción; sus sacerdotes no serán molestados en el cumplimiento de sus tareas….. Sus iglesias no serán desmanteladas o destruidas ni confiscadas sus casas y mansiones para convertirlas en mezquitas o en residencias para musulmanes….

 

Si bien sobrevive una versión del Pacto del Profeta Muhammad con los Cristianos Asirios, aparentemente ya no se conserva la versión en árabe. No obstante, comunica los mismos elementos claves:

 

Dejen en paz todas sus posesiones, se trate de viviendas u otras propiedades, no destruyan nada de sus pertenencias….. sus iglesias quedarán como están, sus sacerdotes podrán enseñar y adorar a su manera….. Ninguna de sus iglesias será derribada o convertida en mezquita…..

 

Pueden pensar que repito mucho algunos conceptos o cosas. Pero la repetición tiene un objetivo didáctico. Las hago ante la afirmación de algunos de que los Pactos del Profeta son falsificaciones del siglo XVI. Al demostrarse que eso era erróneo alegaron que las falsificaciones, en realidad, eran del siglo X. Pero se demostró que también eso era erróneo.

 

Siento decepcionar a esos troles islamofóbicos que se niegan a creer que del Profeta o del Islam pueda venir algo bueno. Empero, los Pactos del Profeta Muhammad circulaban en el siglo IX, en el siglo VIII e incluso en el siglo VII. Son lo que en el estudio de los hadices llamamos mutawatir, es decir, algo transmitido por tantas personas y durante tanto tiempo ―desde el siglo VII al XXI― que cae por su propio peso que no se trata de algo falso.

 

Hay quienes dicen que yo soy el falsificador consumado. No me puedo juzgar a mí mismo pero les puedo decir que no se trata de helado de chocolate. Hay quienes me acusan de mentir acerca del Profeta (la paz y las bendiciones sean con él). Centenares de eruditos, escritores, autoridades políticas y religiosas han avalado los Pactos del Profeta del siglo VII al siglo XXI. ¿Son todas esas fuentes ―la mitad de ellas autoridades musulmanas, entre las que me incluyo― mentirosas o falsarias? ¡Seguro que estamos llenos de helado de chocolate! No sólo hacemos agradable el Islam: lo hacemos delicioso. ¡Provecho! ¡L’chaim (¡salud!)! ¡A votre santé (¡a su salud!)!

 

El Islam, el verdadero, el tradicional, el que impulsó la civilización, el que equilibra la justicia con la misericordia, el que crea una sociedad tolerante, pluralista, gobernada por el imperio de la ley, es el que facilita la igualdad y la equidad para todos los ciudadanos independientemente del origen étnico, filiación tribal, género, clase social o situación económica.

 

El Mensajero de Allah ―la paz y las bendiciones sean con él― dijo: “He dejado dos cosas, el Corán y mi Sunnah” (Malik y Muslim). El Corán y la Sunnah ―esta incluye la Constitución de Medina y los Pactos del Profeta― proporcionan los derechos humanos universales fundamentales. Y al hablar de Islam me refiero al Islam tradicional, clásico, el que proporciona protección y seguridad a los musulmanes y a los no musulmanes.

 

Al-Sharif Ahmad ibn Muhammad Sa’d al-Hasani al-Idrisi al-Azhari ―fundador del Instituto Ihsan y graduado distinguido de la Universidad al-Azhar― ha dicho que los Pactos del Profeta “sirven para aclarar el verdadero significado de los versículos coránicos”. Por lo tanto, aferrémonos al Corán y a su normativa cierta, tradicional, equilibrada, ortodoxa, convencional así como a su interpretación moderada, evitando los excesos y los extremos. Aferrémonos a la Sunnah del Profeta Muhammad ―la paz y las bendiciones sean sobre él―; en particular a la Constitución de Medina y a los Pactos del Profeta Muhammad con la Gente del Libro.

 

Finalizo mi alocución con saludos de paz: peace be upon you, que la paix soit sur vous, la paz sea con ustedes, salaamu ‘alaykum y shalom aleichum. Y Allah Akbar (Dios es el Más Grande). Tenemos que recuperar el takbir.

El profesor John Andrew Morrow es autor de El Minarete y el Campanario: Los Pactos del Profeta Muhammad con los Cristianos del Mundo. Sus sitios web incluyen: www.johnandrewmorrow.com y www.covenantsoftheprophet.com

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