El Matador de Dragones

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SHAFAQNA – Estaba allí cuando salí a trabajar por la mañana, sentado junto a mi puerta, vestido en uniforme militar y rodeado de bolsas de lona del ejército de EEUU. También estaba allí cuando regresé bien entrada la noche. Se trataba de un soldado, un soldado norteamericano.

 

En tanto yo respeto a los soldados por su disciplina, obediencia, habilidades y valentía, este hombre, en mi mente, era un siervo y esclavo del imperio americano. La simple vista de su uniforme invoca las atrocidades y asesinatos en masa cometidos en todo el mundo, en lugares como el sudeste asiático, América Latina y Oriente Medio. Aunque cada hombre es un libro, lo juzgaba por su cubierta, independientemente de su contenido.

 

Al partir a la mañana a mi tarea docente en una institución de enseñanza superior, para nada lo observé con atención. Solo lo miré de reojo. Sí centré mi mirada en él al regresar, pero seguí de largo y entré en mi apartamento. Luego me sentí mortificado por desentenderme de esa persona.

 

Mi esposa me dijo: “Estuvo allí todo el día. ¿Tienes idea del calor que hace?” Y sugirió: “Ofrécele algo de beber”. Surgió en mi corazón y mente una lucha entre mis convicciones revolucionarias y mi compromiso con la humanidad y la hospitalidad. Entonces, el enojo o rechazo dio paso a la misericordia.

 

Salí de mi vivienda fresca y acogedora y le dije mirándole a los ojos: “Debes estar cansado, sediento y hambriento. Por favor, entra y cena con nosotros”. De esa manera, invitaba a alguien totalmente desconocido a la intimidad de nuestro hogar. Y agregué: “Es un honor para nosotros recibirte”.

 

Mientras se levantaba expresó: “Dios te bendiga”. Desparecieron las barreras físicas, psicológicas, emocionales y espirituales que nos separaban. Había decidido no juzgar para no ser juzgado. Expurgué de mi corazón los prejuicios y el odio. Me apoyé en el sentimiento de humanidad y abrí para mi huésped una página en blanco. Ya no éramos extraños. Éramos conocidos. Me desprendí de mantos de confusión y ambigüedad.

 

El hombre, después de pasar más de doce horas en el corredor del aire acondicionado de un complejo habitacional, hambriento y agotado, consumía apresuradamente el agua y la comida que mi esposa había dispuesto en la mesa con amor. Cuando lo semblanteé la primera vez a la mañana, asumí que era una persona rústica, de baja categoría e irrespetuoso con las mujeres. Pero en la relación con nosotros durante la cena en de nuestro humilde hogar, el joven resultó tranquilo, amable y cortés.

 

Los datos sobre su vida eran vagos, imprecisos. Mencionó que su padre había muerto siendo él adolecente. Que su madre lo había abandonado y falleció unos años más tarde. Debido a que el tema le resultaba penoso no quiso ahondar y yo no lo presioné. Estaba claro que había pasado muchas dificultades y casi lo única oportunidad que le quedaba era convertirse en soldado.

 

Le pregunté con gran curiosidad: “¿Qué haces en las fuerzas armadas?”. Respondió: “Me uní a la infantería”. Yo dije: “Dios mío, es la categoría más peligrosa”. Manifestó: “Mi deber es servir donde hago falta y para lo que sea necesario. No hay mayor honor que morir por Dios y el país”.

 

En la conversación de esa noche tranquila percibí internamente la naturaleza dual de su discurso. Para el poco ducho, las palabras del soldado eran simples y directas. Para el avispado, se presentaban distintos matices de entendimiento. Cada vez me metía más en su mundo y seguía atentamente su forma de hablar. Él era un maestro enseñando a un profesor la doctrina de la tariqah (sendero espiritual).

 

Al decirme “llévame a lo de mi hermano porque estoy destinado al Sahel en el norte de África”, me di cuenta que se había terminado la clase. Agradeció a mi esposa la atención recibida. Yo lo ayudé a recoger sus pertenencias y cargarlas en mi vehículo. Lo llevé hacia donde vivía su hermano. Este se negó a acercarse para saludarle o ayudarle a bajar sus cosas del auto. La gente que vivía allí era de baja estofa y nada hospitalaria.

 

Pensé: “este joven se merece otra compañía”, y pequé una vez más (por juzgar). Me recriminé por cuestionar su misión. Después de todo, ¿no lo había desamparado en la puerta de mi casa? Y ahora, poco después, estaba compungido porque lo dejaba. ¡Cómo quería que se quedase! Le pregunté «¿quién eres?», mientras se preparaba para bajarse del vehículo, buscando confirmar la certeza en mi alma. Respondió con una sonrisa: “Me llaman George”. Nos miramos como amigotes. Ese día él mató al dragón que devoraba mi corazón.

 

Pregunté a mi esposa: “¿Sabes quién era esa persona?”. Y agregué: “Se trataba de San Jorge o al-Jidr (el hombre verde): “Un siervo de entre Nuestros siervos” (Corán, 18:65). Respondió mi esposa sabiamente: “fuese o no al-Jidr, resultó un hombre enviado por Dios para que aprendas algo”.

 

Por: Dr. John Andrew Morrow (Ilyas ‘Abd al-‘Alim Islam)

El Dr. John Andrew Morrow (Imam Ilyas Islam) es un orgulloso miembro de la Nación Métis, uno de los tres pueblos indígenas reconocidos por el gobierno canadiense.  Abrazó el Islam a los 16 años de edad luego de estudiarlo seriamente durante cierto tiempo. Lleva más de treinta años analizando las ciencias islámicas y recorrió el mundo en búsqueda de conocimiento. Entre sus maestros se cuentan académicos tradicionales del Islam de diferentes escuelas de jurisprudencia y caminos espirituales. Asimismo, académicos occidentales. Se doctoró en la Universidad de Toronto a la edad de 29 años y alcanzó el rango de profesor titular a la edad de 43 años. Se retiró de ese trabajo en 2016 para dedicar todo su tiempo a la investigación y el culto. Lleva escritos cientos de artículos académicos y más de treinta libros académicos, el más influyente de los cuales es Pactos del Profeta Muhammad con los Cristianos del Mundo (2013). También es el director de redacción de Islam y la Gente del Libro, una enciclopedia de tres tomos sobre los Pactos Muhamadianos que cuenta con estudios críticos de más de veinte de los principales eruditos musulmanes y las traducciones de los Pactos del Profeta en más de una docena de idiomas. La Sociedad Islámica de América del Norte (ISNA) confirió al Dr. Morrow en 2016 el premio de liderazgo interreligioso y en 2017 la Cámara de Representantes de EEUU le otorgó un Certificado de Reconocimiento Especial. Además de ser un académico galardonado, escritor y activista, dicta conferencias en distintas partes del mundo y asesora a líderes mundiales.

 

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