El ángel Gabriel y la buena intención

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SHAFAQNA – Una noche estaba Gabriel en el Sidrah, cuando oyó a Dios que pronunciaba palabras de conformidad. “Un servidor de Dios -se dijo Gabriel para sí- invoca al Eterno en este momento; pero, ¿sabe quién es él? Todo lo que puedo comprender es que este servidor, sin duda, tiene un mérito eminente, que su alma concupiscente está muerta y su espíritu vivo”. Sin embargo, Gabriel quiso conocer a este feliz mortal; pero no lo encontró en los siete climas. Recorrió toda la tierra y las islas del mar; pero no encontró al que buscaba ni en la montaña ni en la llanura. Se apresuró a volver cerca de Dios y oyó otra vez una respuesta favorable a las mismas oraciones. En su extremada ansiedad, recorrió de nuevo el mundo. Esta vez tampoco vislumbró a este servidor y dijo: ” ¡Oh Dios! indícame pues el camino que debe conducirme cerca de este servidor”. “Dirígete -le respondió Dios- al país de Rum; ve a un cierto convento cristiano y allí lo encontrarás”. Gabriel fue allí y  vio manifiestamente al hombre objeto de los favores celestiales. Ahora bien,-en aquel momento, este hombre invocaba a un ídolo. Entonces Gabriel abrió la boca y dijo a Dios: “¡Oh señor del mundo! Aparta lejos de mí el velo de este secreto. ¿Cómo puedes atender con bondad al que invoca a un ídolo en un convento?” Dios le respondió: “Tiene el corazón oscurecido; él ignora que con eso se aparta de su camino. Como se ha perdido por ignorancia y yo lo sé, le perdono su error. Mi bondad lo excusa y le da acceso al más distinguido rango”.

Así dijo el Altísimo y abrió la vía del espíritu de este hombre; deslió su lengua para que pudiera pronunciar el nombre de Dios, a fin de que tú sepas que ésta es la verdadera religión y que no tienes pretexto para no entrar en este camino. Puesto que por ti mismo no tienes nada que pueda hacerte llegar a esta corte celestial, no hay que descuidar lo más mínimo sobre este tema. Toda renuncia a las cosas del mundo no se compra tan fácilmente; incluso nada se compra con respecto a esta corte.

Autor: Attar Nishaburi

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