Selección de testimonios extraídos del informe
En la tarde del 14 de octubre de 2016, cuatro hombres encapuchados irrumpieron en la vivienda en Manila de Paquito Mejos, de 53 años, padre de cinco hijos, que trabajaba como electricista en obras de construcción. Mejos consumía ocasionalmente shabu, una variedad de metaanfetamina, y se había entregado voluntariamente ante las autoridades locales dos días antes, tras enterarse de que estaba en una “lista de vigilancia” de personas sospechadas de vínculos con las drogas. Los hombres armados preguntaron por Mejos, que estaba descansando en el piso superior. “Cuando los vi que estaban armados y subían”, contó un familiar, “les dije: ‘¡pero si ya se ha entregado a las autoridades!’. Me dijeron que me callara o que sería el siguiente”.

Se escucharon dos disparos. Tan solo instantes después, llegaron al lugar investigadores policiales que actuaron con asistencia de los hombres armados. En su informe, la policía describía a Mejos como un “presunto camello” que los “apuntó con su arma, pero los policías pudieron dispararle antes al cuerpo, lo que provocó su muerte instantánea”. Afirmaron que se encontró un paquete de shabu junto con un arma. “Pero Paquito nunca tuvo un arma”, manifestó el familiar. “Y ese día no tenía shabu”.

Un funcionario del barangay (barrio) le aconsejó a Rogie Sebastian, de 32 años, entregarse a la policía debido a que figuraba en una “lista de vigilancia” como usuario de drogas. Como había dejado de consumir drogas varios meses antes, decidió no presentarse. Dos semanas después, tres hombres encapuchados y armados que vestían chalecos antibalas se presentaron en su vivienda en Manila y lo esposaron. “Desde fuera de la habitación, pude escuchar que Rogie imploraba que no lo mataran”, contó un familiar. “Nosotros llorábamos y uno de los hombres armados amenazó con matarnos a nosotros también”. Un vecino señaló al respecto: “Escuché los disparos. También había policías uniformados afuera, que no entraron en la casa. Pero los tres agresores vestidos de civil llegaron y se fueron en una motocicleta, sin que ningún policía uniformado intercediera”.

Cinco hombres armados y encapuchados entraron por la fuerza en una vivienda en la provincia de Bulacan donde Oliver Dela Cruz, de 43 años, estaba jugando a las cartas. Un familiar contó: “[P]udimos ver que se ponía de rodillas sin oponer resistencia. Los hombres lo sujetaron y lo arrojaron contra una pared de cemento varias veces, y luego lo lanzaron… afuera. Vimos los disparos, estábamos ahí nomas. Oliver tenía el rostro ensangrentado a causa de los golpes, y les rogaba que le perdonaran la vida cuando le dispararon”.

Tras haber disparado a Ogie Sumangue, de 19 años, en Manila, policías de uniforme mostraron a los familiares de Sumangue el cuerpo del joven en la vivienda, junto a un arma de calibre 45. Los familiares dijeron que Sumangue no tenía ningún arma ni tampoco habría podido pagarla y, por ende, que era imposible que hubiera intentado dispararle a la policía. “Ni siquiera puede pagar el alquiler”, dijo un familiar. “Su hermana pagaba el alquiler por él”.

Seis encapuchados con armas irrumpieron en una vivienda en Manila donde algunas personas, incluidos varios adolescentes, estaban mirando la televisión. Los hombres detuvieron y golpearon a Aljon Mesa y Jimboy Bolasa, que supuestamente tenían vínculos con drogas, y luego se los llevaron en motocicletas. Media hora después, tras recibir un dato de un policía de uniforme, los familiares acudieron raudamente a un puente en las proximidades, donde encontraron los cuerpos de Aljon y Bolasa, ambos con heridas de bala en la cabeza y las manos atadas con trapos. Los hombres armados todavía estaban en el lugar, donde la policía uniformada había perimetrado la zona. El informe policial indica, bajo el título “Cuerpos hallados”, que un “ciudadano preocupado” alertó a la policía sobre la presencia de dos cadáveres.

Una semana después del asesinato de Aljon Mesa, 10 policías, algunos vestidos de civil, detuvieron a su hermano Danilo Mesa y lo llevaron a la dependencia del barangay. Esta noche, un grupo de encapuchados con armas se lo llevaron por la fuerza de la dependencia del barangay, y poco después su cuerpo fue encontrado bajo un puente, a una cuadra de distancia. Sus familiares dijeron que tenía la cabeza totalmente envuelta en cinta de embalaje, y que le habían atado las manos por la espalda. Tenía un disparo a quemarropa efectuado a través de la boca.

Los familiares de Edward Sentorias, un hombre de 34 años desocupado y padre de tres hijos que fue asesinado por policías en Manila, afirmaron que no tenían esperanzas de que se investigara a la policía: “Vi que uno de los policías entraba con un maletín metálico.… [Sacó] el arma y algunos sobres [de shabu] y los dejó allí [junto al cuerpo de Sentorias]. Volví a donde estaba, totalmente conmocionado. No pude ni siquiera protestar. Si presentamos un reclamo, ¿qué posibilidades tendremos ante las autoridades?”.