Visión e imagen: entre el ojo del rostro y el ojo del corazón

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SHAFAQNA – Se atribuye al poeta Ibn Sukkara la definición de la poesía como «un discurso que si lo desea fascina (sahara) transformando las imágenes (qalaba li-l-suar) sin temor a romper el consenso ni a subyugar el carácter (tiba‘)». Esto que se dice aquí de la poesía puede aplicarse también al arte en general, si bien el arte, en cuanto fascinación (sihr) y transformación de las imágenes (qalban  li-l-suar), exige,  en  primer  lugar,  preguntarse por el significado de la imagen desde el punto de vista artístico y por el significado de la visión.

Me inclino a decir que detrás del problema de la imagen (sura) y la representación figurativa (tasuir) en el islam hay una visión de índole religiosa-metafísica y que dicho problema no se circunscribe a los límites de la ley islámica, como algunos pretenden, ni tampoco es cuestión de una interpretación estrecha de la religión, como suponen otros. Por lo general, la idolatría se expresaba a través de la figuración escultórica y pictórica. El monoteísmo, sin embargo, no solo se presentó a sí mismo como superación de la idolatría, sino también como descubridor de lo esencial de la existencia, de la pura esencia. Y la expresión principal y fundamental que el monoteísmo hace de dicho descubrimiento es por mediación de la abstracción o el alfabeto.  El alfabeto es también abstracción, es línea-trazo (jatt-rasm) no referida a «lo real», sino a «lo oculto».

Esta  cualidad  del  alfabeto  posibilita  la  invención de un ámbito en el que la abstracción divina se corresponda  con  la  abstracción  expresiva del  lenguaje, y  el signo lingüístico, con el signo divino. Dios es palabra, no imagen.  A  Dios  no  se  lo  percibe  por  medio  de  la imagen porque ésta ofrece un percepción visual engañosa, se lo percibe por medio de la palabra (racional o cordial), que es abstracta. Podría argüirse aquí que, puesto que Dios es también «Formador» (Musauir), ¿por qué el ser humano no se expresa con la «forma icónica» como lo hace con la «palabra»?  La  respuesta  es  que  la  «forma  icónica» es  sensible  y  atrae  al  ser  humano  hacia  lo  perceptible sensorialmente  y  hacia  lo  material,  extraviándolo  y apartándolo  de  lo  divino  y  lo  no  sensorial. Además, proclamar el «aniconismo» es insistir en la separación y diferenciación entre islam e idolatría. De donde se sigue claramente que el modo de expresión requerido por el monoteísmo exige liberarse de la idolatría y de las formas que acercan ésta a la divinidad. Exige espiritualización, es decir, desmaterializar el significado, pero en el interior, no en el objeto ni en la imagen, sino detrás del objeto/imagen. Incluso con el lenguaje hemos de expresarnos como si lo hiciéramos sonoramente por medio de la música, o linealmente por medio de la geometría, de manera que el lenguaje se libere de la naturaleza y la materia. Esto tal vez ayude a entender la geometría artística (raqx) árabe-islámica, conocida por arabesco, que es un trazado cuya línea (jatt) parece palabra o melodía. Viene a ser, en efecto, una especie de música lineal o de lenguaje que solo habla de sí mismo, puesto que carece de tema o referente externo.

El sujeto contempla la imagen desde fuera, mientras que en la palabra no existe tal distinción. La impresión producida por la imagen es, antes que nada, sensorial, mientras que la producida por la palabra es abstracta, proveniente fundamentalmente del intelecto, el alma o el corazón, es decir, del interior del ser. De uno u otro modo, la imagen es un reflejo de una realidad previa y, por lo tanto, es, de alguna manera, «imitación». Sin embargo, la palabra nombra las cosas y crea la realidad:

«Sé, y es». De ahí que el tasuir(formación) divino no sea icónico, sino creación (takwín),es decir, la palabra «Sé» (kun)creadora. Añádase a esto que la imagen puede visión e imagen: entre el ojo del rostro y el ojo del corazón convertir lo representado icónicamente en ídolo, o sea, en un «dios» que desplace al Uno y Único en respeto, veneración, sacralización y culto. Esto significa que nada debe ser representado icónicamente, o mejor dicho, que no sea representado el ser humano vivo, porque el peligro de que sea transformado en ídolo/dios es más grande  que  el  peligro  latente  en  la  imagen  de  la  cosa material.

A la luz de lo dicho tal vez se aclare mejor el fenómeno de la «ocultación» de la mujer que se produce en la sociedad islámica árabe. Tal ocultación es resultado lógico y natural de la mirada desmaterializadora monoteísta que rechaza lo sensible y sus seducciones. En este caso, el velo que se le echa a la mujer en el rostro no es sino una manera de borrar «su imagen» en tanto que territorio de seducción. Dicho de otra forma, el velo no es más que una afirmación de la primacía de la abstracción espiritual y una superación del mundo sensorial e instintivo.

Desde esta perspectiva se entiende, igualmente, la importancia que se da en el islam a la palabra y al significante lingüístico, es decir, a la elocuencia (bayán).La elocuencia no es un sustituto de la imagen, sino la vía que mejor expresa el significado o la verdad. Y a la luz de todo ello se revelan también el sentido de la belleza y el valor estético en el islam. Lo bello es, para el islam, aquello que no puede ser representado icónicamente.

Es aquello que escapa a lo sensible y rebasa la percepción sensorial. Lo bello es elevado, sublime, no puede contenerse en ninguna forma sensible, ni someterse al criterio evaluativo de los sentidos. Esto significa, desde el punto de vista artístico, que el valor estético no está en la «imagen» ni en la «forma», sino en el «significado» y que la estética se halla en lo infinito irrepresentable, o en lo que «no es configurable icónicamente». Y, preceptivamente, esto quiere decir que lo bello es aquello que la norma canónica dice que es bello.

 

Fuente: Misticismo islámico y surrealismo, Adonis, Traducción del árabe: José Miguel Puerta Vílchez

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