La perdiz

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SHAFAQNA – Se acercó después la perdiz, contenta y andando con gracia; salió de su agujero tímidamente y como en estado de embriaguez. Su pico es rojo, su plumaje de color oro, la sangre hierve en sus ojos. Tanto vuela con cinto y espada, tanto desvía la cabeza ante la espada. “He permanecido constantemente en las ruinas -dice-, porque me gustan mucho las pedrerías.

El amor a las joyas ha encendido un fuego en mi corazón y es suficiente para mi felicidad. Cuando se manifiesta el calor de este fuego, la grava que me he tragado enrojece como si estuviera ensangrentada; y puedes ver que cuando el fuego produce su efecto da enseguida a la piedra el color de la sangre. He permanecido entre la piedra y el fuego en la inacción y la perplejidad. Ardiente y apasionada, como grava y, con el corazón inflamado, duermo sobre piedra. ¡Oh amigos míos! abrid los ojos, ved lo que como y cómo duermo. ¿Se puede provocar al que duerme sobre una piedra y come piedras? En este penoso estado, mi corazón está herido por cien pesares, porque mi amor por las piedras preciosas me ata a la montaña. Que sepa aquel que ama otra cosa que las joyas que eso es algo transitorio; el reino de las joyas, por el contrario, es un establecimiento eterno; por su esencia, ellas sostienen a la montaña; yo conozco a la montaña y a la piedra preciosa. Para buscar el diamante, no dejo ni por un instante mi cinto ni mi espada, cuya hoja tornasolada me ofrece siempre diamantes e incluso los busco en ella. No he encontrado ninguna esencia cuya naturaleza fuera superior a las pedrerías ni una perla de agua tan hermosa como ellas. Ahora bien, el camino hacia el Simorg es difícil y mi pie permanece atado a las piedras preciosas, como si estuviera hundido en arcilla. ¿Cómo llegaría valientemente adonde el Simorg con la mano en la cabeza y el pie en el barro? Yo no me desvío más del diamante que el fuego de su presa; o muero, o encuentro piedras preciosas. La nobleza de mi carácter debe mostrarse, pues el que no la comparte no tiene valor”.

La abubilla le respondió: ” ¡Oh tú que tienes todos los colores como las pedrerías! eres un poco coja y das excusas cojas.

La sangre de tu corazón tiñe tus patas y tu pico y te envileces buscando joyas. ¿Qué son las joyas sino piedras coloreadas? Y es sin embargo su amor lo que vuelve de acero tu corazón; sin color, no serían más que comunes pequeños guijarros. Ahora bien, el que se apega al color, no tiene peso. El que posee el olor no busca el color, como aquel que busca la verdadera joya de cualidad fundamental no se contenta con una piedra”.

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